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Esa delgada línea entre el odio y el amor

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El jueves pasado mientras escuchaba "Cocaví" (mi programa radial favorito del mediodía), sus conductoras hablaron de aquellas cosas que de chico odiabamos, pero que hoy de adulto amamos. Y eso entonces me puso a pensar que cosas yo odiaba de chica. Al principio no me acordé de nada, pero luego recordé que cuando yo estaba en 3° básico (y tenía probablemente 8 o 9 años) me iba hasta el colegio en transporte escolar aunque mi establecimiento quedaba a solo 7 cuadras de casa. Mi sueño era irme caminando. Veía en el camino a compañeros de cursos superiores que vivían en el barrio y cuando le pedí a mi mamá que me "bajara" del bus, su respuesta por supuesto fue un rotundo NO. Yo quería irme a pie para así demostrar una pseudo independencia. Ahora que soy adulta y que tengo que caminar muchas cuadras para poder tomar locomoción colectiva, añoro esos días en que la liebre escolar me recogía y dejaba en la puerta de mi casa. Mi consuelo es que me movilizo en un Mercedes Benz con chófer. Que algunos le llamen micro es otra historia.
Otra de las cosas que odiaba de chica era dormir siesta. De hecho recuerdo patente una ocasión cuando yo bordeaba los 4-5 años, que todos en casa se fueron a dormir la siesta y yo no tenía sueño. Me acomodé en la cama de mis padres, entre medio de ambos. Y mientras ellos dormían, yo me daba vueltas en el colchón. En esa época no teníamos cable, así que ver t.v. no era una opción. Tal era mi aburrimiento, que no encontré nada mejor que levantarle los párpados a mamá para verle los ojos. Finalmente  nunca me quedé dormida. Y hoy me arrepiento -estoy segura que muchos de ustedes están de acuerdo conmigo en esto- de todas esas siestas que me salté en mi infacia, porque lo que es ahora, entre lunes y viernes vivo muerta de sueño.
Para terminar con esta lista, otra de las cosas que odiaba era tener que usar uniforme para ir al colegio. Esto, sobrealimentado con tanta serie gringa de escolares que iban vestidos con lo que quisieran al liceo, me hizo odiar la camisa blanca, el jumper azul y la corbata y medias ídem (porque además el uniforme de mi colegio era feo que te cagas). Y aunque ahora la idea de volver a usar un uniforme me resulta menos atractivo que un plato de criadillas, sí era un tiempo más sencillo cuando no teníamos más opción, porque seamos realistas; podemos tener el clóset lleno de prendas de la temporada, pero igual nunca sabemos qué ponernos. 

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